Yo tuve cáncer de mama: de la radioterapia hasta la superación

La radioterapia y los demás tratamientos A principios de diciembre hice mi última sesión de quimioterapia. La acupuntura me ayudó a aliviar las náuseas, pero aun así, a veces estaba hasta diez días mal después del tratamiento. Aunque acudía a la acupuntora antes de la quimioterapia, hubiera sido ideal tratarme después también, pero simplemente no tenía fuerzas para salir de casa. Para las Navidades ya estaba recuperada y pude celebrar la entrada de un nuevo año: 2010. A finales de enero hice la primera sesión de tratamiento intravenoso con Trastuzumab y lo seguí haciendo cada tres semanas durante un año. Simultáneamente, inicié el tratamiento hormonal. El 15 de febrero hice la primera de las treinta y tres sesiones de radioterapia, de lunes a viernes, durante mes y medio. Yo bauticé al equipo como SugaQi —mi vampiro energético particular— porque después de los cinco minutos que duraba la sesión de tratamiento, salía como si me hubieran succionado toda la vitalidad. Confieso que era algo aterrador entrar en una sala que podría ser la caja fuerte del Banco de España, con una puerta de casi un metro de espesor, donde me tumbaban bajo una máquina que parecía sacada de Star Trek. Entonces todos se marchaban, cerraban aquella puerta blindada y me dejaban sola entre luces y sonidos raros. Era inevitable preguntarme: ¿por qué se protegen tanto y a mí me dejan aquí? Hasta hoy no he encontrado la respuesta… Olvidé mencionarlo antes, pero cuando me diagnosticaron el cáncer, estaba cursando tercero de Medicina Tradicional China. Casi todos me decían que debía dejarlo de momento y dedicarme a mi salud. Cogí la baja laboral, pero necesitaba mantener mi mente activa, tener un propósito cada día, un proyecto de futuro. No hacer nada no me iba a ayudar; al contrario, tendría mucho tiempo para centrarme en la enfermedad y, a la vez, perdería un tiempo precioso, algo inconcebible cuando se supone que tu vida está en riesgo. Así que no solo no dejé mis estudios de MTC, sino que adelanté el curso seis meses, haciendo el segundo semestre de tercero simultáneamente al primero de cuarto. En junio me gradué y en julio viajé a China para un stage de tres semanas en un hospital de Pekín. Estaba bastante delgada y débil todavía. El calor en julio/agosto en Pekín era brutal; sudaba a mares todo el día y tuvieron que ingresarme durante un día, pero me recuperé rápidamente. A pesar de todo, fue una experiencia muy bonita. Al terminar, mi marido vino para pasar una semana de vacaciones juntos y de ahí nos fuimos a Japón. La vida seguía, y la sensación era de satisfacción por el deber cumplido. Cuando pasas por una enfermedad tan grave, que te fragiliza tanto en tantos niveles, dudas mucho de cómo va a ser tu vida después de todo. Dudas si realmente te vas a recuperar, si vas a volver a tener la fuerza y la energía que tenías antes. Por eso, un año después, en el verano de 2011, me propuse hacer una ruta en bicicleta de Berlín a Praga: 520 kilómetros en cinco días. Para mí fue mucho más que una aventura deportiva. Fue la prueba tangible de que lo había superado. En 2015 me dieron el alta y desde entonces hago mis mamografías anuales de seguimiento y todo sigue bien. Voluntariado: ayuda recíproca En 2017 me trasladé de Barcelona a Málaga, donde me ofrecí como voluntaria en la Asociación Española Contra el Cáncer. Hice un curso preparatorio y tuve una entrevista previa con la psicóloga de la AECC, en la cual me dio dos opciones: una junto a los pacientes en salas de tratamiento quimioterapéutico y otra en Cuidados Paliativos. La segunda opción, me advirtió, era la más dura —algunos voluntarios habían desistido tras el primer día— pero era donde más falta hacía. Sentía que, de alguna manera, tenía algo que aportar, podía ser útil: consolar a través de una palabra, un gesto o simplemente la presencia. Así que empecé mi voluntariado acudiendo cada viernes a Cuidados Paliativos de Oncología en el Hospital Carlos Haya, junto a otras dos voluntarias veteranas. Realmente era duro, pero los pacientes nos recibían como sorpresa agradable y a la vez, como si no entendieran qué hacíamos allí. Se notaba que era algo relevante para ellos y para los familiares también… y más aún para aquellos que se encontraban completamente solos. Al final, creo que recibía mucho más de lo que daba… Indirectamente, ellos también ayudaron a sanar mi alma. Ya pasó… ¿y ahora qué? Tanto en la rama paterna como materna de mi familia hubo varios casos de cáncer. Mi propio padre falleció a los cuarenta y seis años debido a un cáncer de garganta. Pese a ello, siempre he sido una persona optimista y nunca he pensado demasiado en ser una víctima en potencial. Todavía no los conocía, pero los estudios de epigenética han revelado que tener una predisposición genética no significa que vayas a enfermar, y no tenerla tampoco te protege. Recomiendo la lectura de La biología de la creencia, del Dr. Bruce H. Lipton, y Autocuración, del Dr. Jeffrey Rediger. Ambos autores proponen que la salud no está dictada únicamente por el ADN, sino por la capacidad del individuo para transformar su entorno biológico mediante el cambio de creencias subconscientes y la adopción de pilares dietéticos, inmunitarios y de identidad que activan los mecanismos naturales de recuperación del cuerpo. Como la gran mayoría de las personas, tuve traumas y experiencias duras en la infancia que nunca fueron expresados ni tratados. Mi cuerpo llevaba mucho tiempo dándome señales que, lamentablemente, no quise o no supe escuchar. La mamografía fue fundamental porque detectó una lesión no palpable en etapa temprana, lo que permitió que me pusiera las pilas y empezara a prestar atención, si no, no estaría aquí para contarlo. Desde la perspectiva de la Medicina Tradicional China, la enfermedad no es un evento aislado, sino el resultado de un desequilibrio prolongado en el flujo del Qi, la
Yo tuve cáncer de mama: quimioterapia, menopausia y caída del pelo(Parte 3 de 4)

La primera sesión de quimio El 4 de agosto de 2009 hice mi primera sesión de quimioterapia. Una querida amiga, Nora, viajó desde Madrid a Barcelona para acompañarme en este momento, llenándome de cariño. Unas dos horas después de volver a casa, empezaron las náuseas, los vómitos y el dolor de cabeza. No tenía ningún apetito e intolerancia al olor de la comida. Eso duró unos tres días, aunque lo peor de todo era el cansancio y un dolor de cabeza que no se iba de ninguna manera. Lo único que podía hacer era dormir. La menopausia precoz Una semana después de aquella primera sesión, me bajó la regla por última vez. Aunque todavía no había cumplido los 45 años, la quimioterapia y los tratamientos hormonales me acabarían induciendo una menopausia precoz, con síntomas brutales que me acompañarían durante los siguientes doce meses. Y empieza a caerme el pelo… La caída del pelo por la quimioterapia no me hizo llorar, pero impresiona. Mi pelo empezó a caer el día 18. Fue un momento… no sé cómo describirlo, fuerte. Yo tenía una buena melena cuando me diagnosticaron el tumor, pero semanas antes de la cirugía ya había decidido cortármelo muy corto para que el cambio no fuera demasiado radical. Cogí una maquinilla de afeitar eléctrica y fui al apartamento de mis dos hijas. Nath hizo los honores y se encargó de rasparme la cabeza. Nos reímos mucho durante el «pelaje» y para animarme, me decían que estaba muy guapa sin pelo. Me sentía afortunada de tenerlas conmigo… A los pocos días, me di cuenta que no tener pelo tenía sus ventajas y decidí publicar una lista con algunas de ellas: Cero gastos en peluquería: ni cortar, ni teñir, ni hacer mechas ni ningún otro tratamiento. Cero gastos en productos capilares: champús, acondicionadores, mascarillas… y un largo etcétera de lo que nosotras las mujeres usamos habitualmente. Ahorro en el consumo de agua: sin lavar el pelo, la ducha es muchísimo más rápida. Ahorro en el consumo de energía: nada de secador, ni plancha, ni ningún otro aparato. Y lo más valioso: tiempo precioso para dedicar a sanarte. El 22 cumplí los 45 años. La acupuntura como apoyo durante el tratamiento y los pequeños placeres En las semanas siguientes me puse muy animada haciendo las cosas que más me gustan: ir al cine, leer mucho, escuchar música que eleva el alma, como Mozart al piano o Beethoven en piano y violín. También veía programas de humor, como los de Buenafuente o el Club de la Comedia, pues «la risa es el mejor remedio», ya lo dice la sabiduría popular. Empecé a auto tratarme con acupuntura en casa e iba una vez a la semana a tratarme en la clínica de Barcelona, ya que la acupuntura ayuda a combatir la leucopenia — el descenso de los glóbulos blancos durante los tratamientos oncológicos. Además de eso, me ayudaba a aliviar los sofocos de mi recién estrenada (y bestial) menopausia forzada! El optimismo como un aliado de mi sanación Como podéis ver, todo, absolutamente todo, tiene su lado positivo. Es muy importante, cuando estás luchando por tu salud y por tu vida, cultivar y mantener el optimismo. ¿De qué sirve que todos tus amigos y familiares recen por ti si no haces más que llorar y pensar en la víctima que eres? Nuestro dolor tiene la dimensión que nosotros le damos. Las emociones tienen una frecuencia energética. Si nuestro cuerpo está siendo atacado por una enfermedad, es mejor no darle más munición al enemigo, sino elevar nuestras vibraciones y luchar con coraje. En la cuarta parte, te contaré cómo viví las sesiones de radioterapia, el tratamiento con Trastuzumab y el largo camino del tratamiento hormonal con Tamoxifeno. Entrada anterior
Yo tuve cáncer de mama: Cirugía, diagnóstico y plan de tratamiento (Parte 2 de 4)

Unos días después de la cirugia, en Formentera. Los días previos a la cirugía fueron una montaña rusa emocional; horas de calma seguidas de momentos de incertidumbre. Dos días antes de la operación, me hicieron una resonancia magnética con contraste que me advirtió de la necesidad de quimioterapia. Al día siguiente, me realizaron la prueba del ganglio centinela. No me preocupaba perder un pecho, ni perder el pelo; los consideraba cosas superfluas cuando se trataba de VIVIR. Pensaba mucho por las noches, cuando me despertaba y ya no podía conciliar el sueño. Pensaba que todo sería positivo, ya que aprendería mucho de todo eso. Vivir algo en primera persona es la mejor manera de aprender, y esperaba sacar una buena lección al final. El día de la cirugía El 8 de julio de 2009 llegó el momento. Cuando los enfermeros aparecieron con la camilla, intenté mantener una sonrisa, aunque por dentro los nervios estaban a flor de piel. Lo más duro fue ver a mis hijas; ellas, que habían sido mi motor desde el diagnóstico, tenían las caras bañadas en lágrimas mientras me veía alejarme hacia el quirófano. Afortunadamente, la operación fue un éxito. La anestesia tiene esa cualidad de comprimir el tiempo: entras, te ponen el oxígeno y, tras lo que parecen cinco minutos, despiertas con todo terminado. Afortunadamente, el ganglio centinela estaba limpio. Debido a una pequeña complicación posquirúrgica, regresé a casa a los tres días con un drenaje en el pecho, pero con la tranquilidad de estar ya de vuelta. La sorpresa médica Una semana después, en la visita de revisión, el cirujano me dio una noticia inesperada. Además del carcinoma ductal infiltrante (Grado III) que ya conocíamos, habían encontrado un extenso componente de carcinoma intraductal (Grado III con necrosis) peritumoral. Este segundo hallazgo era el más complejo, de esos que «echan raíces». Pese a la gravedad, la pericia del Dr. Carlos Muñoz Ramos permitió retirar todo con márgenes amplios sin necesidad de una mastectomía. Hoy sé que tuve una suerte inmensa. Si el doctor no hubiera dudado del diagnóstico inicial (un Bi-Rads III con solo un 2% de probabilidad de malignidad), y yo hubiera esperado seis meses más para otra mamografía, mi historia sería hoy muy distinta. El plan de batalla El 23 de julio conocí al Dr. Ander Urrutikoetxea, mi oncólogo. Me sentí afortunada de nuevo; es un médico extraordinario que tuvo la paciencia de explicarnos todo el proceso de forma didáctica. Dibujando en un papel, nos detalló paso a paso a mi hija Nathalia y a mí todo el proceso que tenía por delante. Aunque el tumor era pequeño y los ganglios estaban limpios, tres factores determinaron que el tratamiento debía ser contundente: Agresividad: Grado 3 (el más alto). Presencia de receptores HER2. Dependencia hormonal positiva (estrógenos). El veredicto fue un «pack» de tratamiento de cinco años: Seis sesiones de quimioterapia; Treinta y tres de radioterapia; Un año de Trastuzumab, una terapia intravenosa mensual que actúa contra el HER2 y Cinco años de Tamoxifeno, que funciona bloqueando el «alimento» que muchas células cancerosas necesitan para crecer: los estrógenos. Con este plan, las probabilidades de curación superaban el90%. Antes de empezar la gran batalla el 4 de agosto, mi marido y yo nos tomamos unos días de paz en Formentera. Necesitaba cargar pilas para lo que venía. En la tercera parte, te contaré cómo viví el impacto de la primera sesión de quimioterapia, el emotivo momento de raparme la cabeza junto a mis hijas y de qué manera el humor y la música se convirtieron en mis mejores aliados para elevar la vibración. Entrada anteriorSiguiente entrada
Yo tuve cáncer de mama: Mi historia personal (Parte 1 de 4)

La acupuntura ayuda a paliar ciertos efectos secundarios de la quimioterapia y la radioterapia, según la OMS. Lo sé por experiencia propia: en 2009 me diagnosticaron un cáncer de mama. En aquel entonces, mantenía un blog personal donde relataba los acontecimientos según sucedían. Aunque hace años que dejé de escribir en él, he notado que sigue recibiendo visitas de personas de todo el mundo que buscan información y aliento. Como aquel blog original estaba escrito en portugués, he decidido compartir mi historia en castellano para que esta información —que considero relevante— llegue a más personas. Os la iré contando por capítulos; si mi relato ayuda aunque sea a una sola persona, habrá valido la pena. El inicio: Las primeras señales Por recomendación de mi ginecólogo, empecé a realizarme mamografías anuales a los 38 años. Debido a mi alta densidad mamaria, siempre era necesaria una ecografía complementaria para obtener un análisis más preciso. En diciembre de 2008, a los 44 años, la mamografía detectó unos microquistes en ambas mamas que no aparecían el año anterior. El médico que realizó la ecografía me tranquilizó con una metáfora: me explicó que era como si «un grupo de amiguitos hubiera decidido reunirse ilegalmente», pero que eso no significaba que tuvieran intenciones de formar un «grupo terrorista». Sugirió repetir la prueba en seis meses para observar la evolución. Mi ginecóloga coincidió en que no era nada, pero para mi tranquilidad, me sugirió consultar con un especialista en patologías mamarias en el Hospital General de Catalunya. El especialista, el Dr. Muñoz-Ramos, también me indicó que no había motivo de preocupación inmediata y programó el seguimiento para junio. La intuición y la insistencia Sin embargo, en marzo de 2009, noté una pequeña hendidura en la parte inferior de la mama derecha. Me pareció extraño y decidí investigar; descubrí que este era uno de los signos de alerta ante un posible tumor. Además, al palpar la zona, sentía un bulto que dolía al presionarlo. Preocupada, regresé a la ginecóloga, quien solicitó una nueva ecografía. Esta vez el especialista fue otro (no el de los «amiguitos») y la experiencia no fue agradable. Permaneció en silencio durante toda la prueba, lo cual me generó mucha angustia. Al terminar, simplemente dijo que todo estaba bien y diagnosticó un «BI-RADS 2». Al investigar, supe que esto indicaba un hallazgo benigno. Mi ginecóloga insistió una vez más en que no me preocupara y esperara a la mamografía de junio. Pero el bulto crecía y el dolor aumentaba. El diagnóstico: Un giro inesperado En junio acudí a las pruebas previstas. El ecógrafo fue el mismo de la vez anterior; le advertí que el bulto era palpable y él mismo lo comprobó. Aun así, el diagnóstico del informe fue «BI-RADS 3», que técnicamente se refiere a una «masa no palpable»… ¡Pero la mía era perfectamente evidente! Mi preocupación creció, y la de mi marido aún más. Él insistió en adelantar la cita con el especialista y acudimos a su consulta privada. El doctor observó que la ecografía no era concluyente, pero al explorarme, advirtió que algo no le gustaba nada y solicitó una biopsia urgente. Me realizaron la biopsia un viernes y, seis días después, recibí los resultados. Lamentablemente, las noticias no fueron buenas: tenía un tumor maligno en la mama derecha. El doctor ya había reservado quirófano para el 8 de julio para extirparlo. Me explicó los procedimientos y me advirtió que, con seguridad, necesitaría radioterapia y, posiblemente, quimioterapia. Afrontar la realidad Era demasiada información para procesar de golpe. Durante los meses previos, aunque la posibilidad del cáncer me rondaba, mi optimismo me hacía creer que todo quedaría en un susto. Incluso me sentía «inmune» por haber amamantado a mis dos hijas durante un total de 23 meses. El doctor fue extremadamente amable; me dijo que podía llorar si lo necesitaba, pero no sentía ganas de hacerlo. De hecho, me costó días, si no semanas, asimilar que aquello me estaba pasando a mí. Sin embargo, nunca me pregunté: ¿Por qué a mí? o ¿Qué he hecho para merecer esto?. Me parecía lógico que, si le sucede a tantas personas en el mundo, también pudiera pasarme a mí. Uno no puede elegir la enfermedad que le sobreviene, pero sí puede elegir la forma de afrontarla. Y eso fue lo que hice… En la segunda parte, relataré mi paso por el quirófano y el momento en que conocí el ‘pack’ de tratamientos que marcaría mis próximos cinco años. Fue el inicio de una etapa donde la suerte y la determinación jugaron un papel fundamental. Entrada anteriorSiguiente entrada
¿Cómo funciona la acupuntura?

Creo que, para la gran mayoría de las personas, al oír “acupuntura”, lo primero que se imaginan son agujas como las de una vacuna o una extracción de sangre. A muchas les dan miedo y, por eso, no se atreven a probar. Es una pena, porque la sesión suele ser profundamente relajante: de hecho, la mayoría de las personas se quedan dormidas. La Medicina Tradicional China (MTC) utiliza varias técnicas para el tratamiento del dolor y de diversas enfermedades. La acupuntura es la principal y la más conocida. Aunque cada técnica tiene su enfoque, todas comparten una base: buscar el equilibrio del Qi (se dice “chi”). ¿Y qué es el Qi? Dicho de forma simple: energía. Todos los seres vivos necesitamos energía. Cuando se acaba, morimos. Pero además de existir, esa energía tiene que estar equilibrada y circular bien. Cuando hay desequilibrios o bloqueos, aparecen dolor y enfermedad. Podríamos decir que el Qi es el “motor” que sostiene los procesos vitales: participa en el movimiento de la sangre, en la función respiratoria y en la nutrición de cada tejido del cuerpo. Nuestro organismo es una máquina increíblemente bien diseñada, y el Qi sería su combustible. Al nacer, venimos con un Qi “de fábrica”, como herencia de nuestros padres. A partir de ahí, para mantener esa energía necesitamos, sobre todo, oxígeno, agua y una buena alimentación. Entonces, si respiramos y comemos bien, ¿deberíamos estar sanos? Ojalá fuera tan sencillo. Porque, aunque el cuerpo físico es maravilloso, somos mucho más que un cuerpo, y hay factores internos y externos que afectan al libre flujo del Qi, creando desequilibrios y bloqueos que se traducen en dolor o enfermedad. Todos sabemos que el estado emocional influye muchísimo en la salud: preocupaciones, estrés, ansiedad, miedo, rabia, tristeza… También nos afectan el clima y el entorno: frío, calor, humedad, sequedad o viento sostenidos en el tiempo. Y, por supuesto, la alimentación: quizá no falte comida en la mesa, pero eso no significa que nos alimentemos bien. La comida ultraprocesada, el exceso de “fast food” y la calidad de algunos alimentos (por la forma en que se producen o se conservan) pueden hacer que, aunque comamos, el cuerpo no reciba lo que necesita para funcionar con equilibrio. Dicho de otro modo: si el combustible es de mala calidad, la máquina no rinde como debería. La acupuntura ayuda a regular el Qi y favorecer que la energía circule correctamente. ¿Cómo es posible? En el cuerpo, así como existen venas y arterias por donde circula la sangre, también se describen canales por donde circula el Qi, llamados meridianos. Esa circulación tiene un orden. Cuando por causas internas o externas se altera, aparecen problemas. Por ejemplo, donde hay dolor suele haber bloqueo. Mediante la inserción de agujas muy finas en puntos específicos de esos canales, se estimula el organismo para corregir desequilibrios: desbloquear, tonificar cuando hay “insuficiencia” o calmar cuando hay “exceso”. Cuando el Qi recupera su equilibrio y vuelve a circular mejor, el cuerpo empieza a volver a su estado natural de salud. Y aquí viene una parte importante: para que el tratamiento funcione al máximo, también hace falta “material de base”. Si el estilo de vida es inadecuado, se come mal, se duerme mal y no hay movimiento, el cuerpo tiene menos recursos para recuperarse. Por eso, en muchos casos, es necesario cambiar algunas cosas y poner de tu parte. La acupuntura puede ayudarte mucho, pero el mejor resultado llega cuando tratamiento y hábitos van en la misma dirección. Entrada anterior
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Creo que, para la gran mayoría de las personas, al oír “acupuntura”, lo primero que se imaginan son agujas como las de una vacuna o una extracción de sangre. A muchas les dan miedo y, por eso, no se atreven a probar. Es una pena, porque la sesión suele ser profundamente relajante: de hecho, la mayoría de las personas se quedan dormidas. La Medicina Tradicional China (MTC) utiliza varias técnicas para el tratamiento del dolor y de diversas enfermedades. La acupuntura es la principal y la más conocida. Aunque cada técnica tiene su enfoque, todas comparten una base: buscar el equilibrio del Qi (se dice “chi”). ¿Y qué es el Qi? Dicho de forma simple: energía. Todos los seres vivos necesitamos energía. Cuando se acaba, morimos. Pero además de existir, esa energía tiene que estar equilibrada y circular bien. Cuando hay desequilibrios o bloqueos, aparecen dolor y enfermedad. Podríamos decir que el Qi es el “motor” que sostiene los procesos vitales: participa en el movimiento de la sangre, en la función respiratoria y en la nutrición de cada tejido del cuerpo. Nuestro organismo es una máquina increíblemente bien diseñada, y el Qi sería su combustible. Al nacer, venimos con un Qi “de fábrica”, como herencia de nuestros padres. A partir de ahí, para mantener esa energía necesitamos, sobre todo, oxígeno, agua y una buena alimentación. Entonces, si respiramos y comemos bien, ¿deberíamos estar sanos? Ojalá fuera tan sencillo. Porque, aunque el cuerpo físico es maravilloso, somos mucho más que un cuerpo, y hay factores internos y externos que afectan al libre flujo del Qi, creando desequilibrios y bloqueos que se traducen en dolor o enfermedad. Todos sabemos que el estado emocional influye muchísimo en la salud: preocupaciones, estrés, ansiedad, miedo, rabia, tristeza… También nos afectan el clima y el entorno: frío, calor, humedad, sequedad o viento sostenidos en el tiempo. Y, por supuesto, la alimentación: quizá no falte comida en la mesa, pero eso no significa que nos alimentemos bien. La comida ultraprocesada, el exceso de “fast food” y la calidad de algunos alimentos (por la forma en que se producen o se conservan) pueden hacer que, aunque comamos, el cuerpo no reciba lo que necesita para funcionar con equilibrio. Dicho de otro modo: si el combustible es de mala calidad, la máquina no rinde como debería. La acupuntura ayuda a regular el Qi y favorecer que la energía circule correctamente. ¿Cómo es posible? En el cuerpo, así como existen venas y arterias por donde circula la sangre, también se describen canales por donde circula el Qi, llamados meridianos. Esa circulación tiene un orden. Cuando por causas internas o externas se altera, aparecen problemas. Por ejemplo, donde hay dolor suele haber bloqueo. Mediante la inserción de agujas muy finas en puntos específicos de esos canales, se estimula el organismo para corregir desequilibrios: desbloquear, tonificar cuando hay “insuficiencia” o calmar cuando hay “exceso”. Cuando el Qi recupera su equilibrio y vuelve a circular mejor, el cuerpo empieza a volver a su estado natural de salud. Y aquí viene una parte importante: para que el tratamiento funcione al máximo, también hace falta “material de base”. Si el estilo de vida es inadecuado, se come mal, se duerme mal y no hay movimiento, el cuerpo tiene menos recursos para recuperarse. Por eso, en muchos casos, es necesario cambiar algunas cosas y poner de tu parte. La acupuntura puede ayudarte mucho, pero el mejor resultado llega cuando tratamiento y hábitos van en la misma dirección. Siguiente entrada
