Unos días después de la cirugia, en Formentera.

Los días previos a la cirugía fueron una montaña rusa emocional; horas de calma seguidas de momentos de incertidumbre. Dos días antes de la operación, me hicieron una resonancia magnética con contraste que me advirtió de la necesidad de quimioterapia. Al día siguiente, me realizaron la prueba del ganglio centinela. No me preocupaba perder un pecho, ni perder el pelo; los consideraba cosas superfluas cuando se trataba de VIVIR. Pensaba mucho por las noches, cuando me despertaba y ya no podía conciliar el sueño. Pensaba que todo sería positivo, ya que aprendería mucho de todo eso. Vivir algo en primera persona es la mejor manera de aprender, y esperaba sacar una buena lección al final.

El día de la cirugía

El 8 de julio de 2009 llegó el momento. Cuando los enfermeros aparecieron con la camilla, intenté mantener una sonrisa, aunque por dentro los nervios estaban a flor de piel. Lo más duro fue ver a mis hijas; ellas, que habían sido mi motor desde el diagnóstico, tenían las caras bañadas en lágrimas mientras me veía alejarme hacia el quirófano.

Afortunadamente, la operación fue un éxito. La anestesia tiene esa cualidad de comprimir el tiempo: entras, te ponen el oxígeno y, tras lo que parecen cinco minutos, despiertas con todo terminado. Afortunadamente, el ganglio centinela estaba limpio. Debido a una pequeña complicación posquirúrgica, regresé a casa a los tres días con un drenaje en el pecho, pero con la tranquilidad de estar ya de vuelta.

La sorpresa médica

Una semana después, en la visita de revisión, el cirujano me dio una noticia inesperada. Además del carcinoma ductal infiltrante (Grado III) que ya conocíamos, habían encontrado un extenso componente de carcinoma intraductal (Grado III con necrosis) peritumoral. Este segundo hallazgo era el más complejo, de esos que «echan raíces». Pese a la gravedad, la pericia del Dr. Carlos Muñoz Ramos permitió retirar todo con márgenes amplios sin necesidad de una mastectomía.

Hoy sé que tuve una suerte inmensa. Si el doctor no hubiera dudado del diagnóstico inicial (un Bi-Rads III con solo un 2% de probabilidad de malignidad), y yo hubiera esperado seis meses más para otra mamografía, mi historia sería hoy muy distinta.

El plan  de batalla

El 23 de julio conocí al Dr. Ander Urrutikoetxea, mi oncólogo. Me sentí afortunada de nuevo; es un médico extraordinario que tuvo la paciencia de explicarnos todo el proceso de forma didáctica. Dibujando en un papel, nos detalló paso a paso a mi hija Nathalia y a mí todo el proceso que tenía por delante. Aunque el tumor era pequeño y los ganglios estaban limpios, tres factores determinaron que el tratamiento debía ser contundente:

  1. Agresividad: Grado 3 (el más alto).
  2. Presencia de receptores HER2.
  3. Dependencia hormonal positiva (estrógenos).

El veredicto fue un «pack» de tratamiento de cinco años:

  1. Seis sesiones de quimioterapia;
  2. Treinta y tres de radioterapia;
  3. Un año de Trastuzumab,  una terapia intravenosa mensual que actúa contra el HER2 y
  4. Cinco años de Tamoxifeno, que funciona bloqueando el «alimento» que muchas células cancerosas necesitan para crecer: los estrógenos.

Con este plan, las probabilidades de curación superaban el90%.

Antes de empezar la gran batalla el 4 de agosto, mi marido y yo nos tomamos unos días de paz en Formentera. Necesitaba cargar pilas para lo que venía.

En la tercera parte, te contaré cómo viví el impacto de la primera sesión de quimioterapia, el emotivo momento de raparme la cabeza junto a mis hijas y de qué manera el humor y la música se convirtieron en mis mejores aliados para elevar la vibración.