Junio de 2009, a los 44 años, justo antes de operarme.

La acupuntura ayuda a paliar ciertos efectos secundarios de la quimioterapia y la radioterapia, según la OMS. Lo sé por experiencia propia: en 2009 me diagnosticaron un cáncer de mama.

En aquel entonces, mantenía un blog personal donde relataba los acontecimientos según sucedían. Aunque hace años que dejé de escribir en él, he notado que sigue recibiendo visitas de personas de todo el mundo que buscan información y aliento. Como aquel blog original estaba escrito en portugués, he decidido compartir mi historia en castellano para que esta información —que considero relevante— llegue a más personas. Os la iré contando por capítulos; si mi relato ayuda aunque sea a una sola persona, habrá valido la pena.

El inicio: Las primeras señales

Por recomendación de mi ginecólogo, empecé a realizarme mamografías anuales a los 38 años. Debido a mi alta densidad mamaria, siempre era necesaria una ecografía complementaria para obtener un análisis más preciso.

En diciembre de 2008, a los 44 años, la mamografía detectó unos microquistes en ambas mamas que no aparecían el año anterior. El médico que realizó la ecografía me tranquilizó con una metáfora: me explicó que era como si «un grupo de amiguitos hubiera decidido reunirse ilegalmente», pero que eso no significaba que tuvieran intenciones de formar un «grupo terrorista». Sugirió repetir la prueba en seis meses para observar la evolución. Mi ginecóloga coincidió en que no era nada, pero para mi tranquilidad, me sugirió consultar con un especialista en patologías mamarias en el Hospital General de Catalunya. El especialista, el Dr. Muñoz-Ramos, también me indicó que no había motivo de preocupación inmediata y programó el seguimiento para junio.

La intuición y la insistencia

Sin embargo, en marzo de 2009, noté una pequeña hendidura en la parte inferior de la mama derecha. Me pareció extraño y decidí investigar; descubrí que este era uno de los signos de alerta ante un posible tumor. Además, al palpar la zona, sentía un bulto que dolía al presionarlo.

Preocupada, regresé a la ginecóloga, quien solicitó una nueva ecografía. Esta vez el especialista fue otro (no el de los «amiguitos») y la experiencia no fue agradable. Permaneció en silencio durante toda la prueba, lo cual me generó mucha angustia. Al terminar, simplemente dijo que todo estaba bien y diagnosticó un «BI-RADS 2». Al investigar, supe que esto indicaba un hallazgo benigno. Mi ginecóloga insistió una vez más en que no me preocupara y esperara a la mamografía de junio.

Pero el bulto crecía y el dolor aumentaba.

El diagnóstico: Un giro inesperado

En junio acudí a las pruebas previstas. El ecógrafo fue el mismo de la vez anterior; le advertí que el bulto era palpable y él mismo lo comprobó. Aun así, el diagnóstico del informe fue «BI-RADS 3», que técnicamente se refiere a una «masa no palpable»… ¡Pero la mía era perfectamente evidente!

Mi preocupación creció, y la de mi marido aún más. Él insistió en adelantar la cita con el especialista y acudimos a su consulta privada. El doctor observó que la ecografía no era concluyente, pero al explorarme, advirtió que algo no le gustaba nada y solicitó una biopsia urgente.

Me realizaron la biopsia un viernes y, seis días después, recibí los resultados. Lamentablemente, las noticias no fueron buenas: tenía un tumor maligno en la mama derecha. El doctor ya había reservado quirófano para el 8 de julio para extirparlo. Me explicó los procedimientos y me advirtió que, con seguridad, necesitaría radioterapia y, posiblemente, quimioterapia.

Afrontar la realidad

Era demasiada información para procesar de golpe. Durante los meses previos, aunque la posibilidad del cáncer me rondaba, mi optimismo me hacía creer que todo quedaría en un susto. Incluso me sentía «inmune» por haber amamantado a mis dos hijas durante un total de 23 meses.

El doctor fue extremadamente amable; me dijo que podía llorar si lo necesitaba, pero no sentía ganas de hacerlo. De hecho, me costó días, si no semanas, asimilar que aquello me estaba pasando a mí. Sin embargo, nunca me pregunté: ¿Por qué a mí? o ¿Qué he hecho para merecer esto?. Me parecía lógico que, si le sucede a tantas personas en el mundo, también pudiera pasarme a mí.

Uno no puede elegir la enfermedad que le sobreviene, pero sí puede elegir la forma de afrontarla. Y eso fue lo que hice…

En la segunda parte, relataré mi paso por el quirófano y el momento en que conocí el ‘pack’ de tratamientos que marcaría mis próximos cinco años. Fue el inicio de una etapa donde la suerte y la determinación jugaron un papel fundamental.