La radioterapia y los demás tratamientos
A principios de diciembre hice mi última sesión de quimioterapia. La acupuntura me ayudó a aliviar las náuseas, pero aun así, a veces estaba hasta diez días mal después del tratamiento. Aunque acudía a la acupuntora antes de la quimioterapia, hubiera sido ideal tratarme después también, pero simplemente no tenía fuerzas para salir de casa. Para las Navidades ya estaba recuperada y pude celebrar la entrada de un nuevo año: 2010.
A finales de enero hice la primera sesión de tratamiento intravenoso con Trastuzumab y lo seguí haciendo cada tres semanas durante un año. Simultáneamente, inicié el tratamiento hormonal.
El 15 de febrero hice la primera de las treinta y tres sesiones de radioterapia, de lunes a viernes, durante mes y medio. Yo bauticé al equipo como SugaQi —mi vampiro energético particular— porque después de los cinco minutos que duraba la sesión de tratamiento, salía como si me hubieran succionado toda la vitalidad.
Confieso que era algo aterrador entrar en una sala que podría ser la caja fuerte del Banco de España, con una puerta de casi un metro de espesor, donde me tumbaban bajo una máquina que parecía sacada de Star Trek. Entonces todos se marchaban, cerraban aquella puerta blindada y me dejaban sola entre luces y sonidos raros. Era inevitable preguntarme: ¿por qué se protegen tanto y a mí me dejan aquí? Hasta hoy no he encontrado la respuesta…
Olvidé mencionarlo antes, pero cuando me diagnosticaron el cáncer, estaba cursando tercero de Medicina Tradicional China. Casi todos me decían que debía dejarlo de momento y dedicarme a mi salud. Cogí la baja laboral, pero necesitaba mantener mi mente activa, tener un propósito cada día, un proyecto de futuro. No hacer nada no me iba a ayudar; al contrario, tendría mucho tiempo para centrarme en la enfermedad y, a la vez, perdería un tiempo precioso, algo inconcebible cuando se supone que tu vida está en riesgo. Así que no solo no dejé mis estudios de MTC, sino que adelanté el curso seis meses, haciendo el segundo semestre de tercero simultáneamente al primero de cuarto.
En junio me gradué y en julio viajé a China para un stage de tres semanas en un hospital de Pekín. Estaba bastante delgada y débil todavía. El calor en julio/agosto en Pekín era brutal; sudaba a mares todo el día y tuvieron que ingresarme durante un día, pero me recuperé rápidamente. A pesar de todo, fue una experiencia muy bonita. Al terminar, mi marido vino para pasar una semana de vacaciones juntos y de ahí nos fuimos a Japón. La vida seguía, y la sensación era de satisfacción por el deber cumplido.
Cuando pasas por una enfermedad tan grave, que te fragiliza tanto en tantos niveles, dudas mucho de cómo va a ser tu vida después de todo. Dudas si realmente te vas a recuperar, si vas a volver a tener la fuerza y la energía que tenías antes. Por eso, un año después, en el verano de 2011, me propuse hacer una ruta en bicicleta de Berlín a Praga: 520 kilómetros en cinco días. Para mí fue mucho más que una aventura deportiva. Fue la prueba tangible de que lo había superado.
En 2015 me dieron el alta y desde entonces hago mis mamografías anuales de seguimiento y todo sigue bien.
Voluntariado: ayuda recíproca
En 2017 me trasladé de Barcelona a Málaga, donde me ofrecí como voluntaria en la Asociación Española Contra el Cáncer. Hice un curso preparatorio y tuve una entrevista previa con la psicóloga de la AECC, en la cual me dio dos opciones: una junto a los pacientes en salas de tratamiento quimioterapéutico y otra en Cuidados Paliativos. La segunda opción, me advirtió, era la más dura —algunos voluntarios habían desistido tras el primer día— pero era donde más falta hacía. Sentía que, de alguna manera, tenía algo que aportar, podía ser útil: consolar a través de una palabra, un gesto o simplemente la presencia.
Así que empecé mi voluntariado acudiendo cada viernes a Cuidados Paliativos de Oncología en el Hospital Carlos Haya, junto a otras dos voluntarias veteranas. Realmente era duro, pero los pacientes nos recibían como sorpresa agradable y a la vez, como si no entendieran qué hacíamos allí. Se notaba que era algo relevante para ellos y para los familiares también… y más aún para aquellos que se encontraban completamente solos. Al final, creo que recibía mucho más de lo que daba… Indirectamente, ellos también ayudaron a sanar mi alma.
Ya pasó… ¿y ahora qué?
Tanto en la rama paterna como materna de mi familia hubo varios casos de cáncer. Mi propio padre falleció a los cuarenta y seis años debido a un cáncer de garganta. Pese a ello, siempre he sido una persona optimista y nunca he pensado demasiado en ser una víctima en potencial. Todavía no los conocía, pero los estudios de epigenética han revelado que tener una predisposición genética no significa que vayas a enfermar, y no tenerla tampoco te protege. Recomiendo la lectura de La biología de la creencia, del Dr. Bruce H. Lipton, y Autocuración, del Dr. Jeffrey Rediger. Ambos autores proponen que la salud no está dictada únicamente por el ADN, sino por la capacidad del individuo para transformar su entorno biológico mediante el cambio de creencias subconscientes y la adopción de pilares dietéticos, inmunitarios y de identidad que activan los mecanismos naturales de recuperación del cuerpo. Como la gran mayoría de las personas, tuve traumas y experiencias duras en la infancia que nunca fueron expresados ni tratados. Mi cuerpo llevaba mucho tiempo dándome señales que, lamentablemente, no quise o no supe escuchar. La mamografía fue fundamental porque detectó una lesión no palpable en etapa temprana, lo que permitió que me pusiera las pilas y empezara a prestar atención, si no, no estaría aquí para contarlo.
Desde la perspectiva de la Medicina Tradicional China, la enfermedad no es un evento aislado, sino el resultado de un desequilibrio prolongado en el flujo del Qi, la energía vital que recorre nuestro cuerpo como un río constante. El Hígado es el encargado de que todo circule sin interrupciones, pero es un órgano profundamente sensible a nuestras vivencias: la frustración contenida, el estrés de las exigencias sociales o esas emociones que muchas veces callamos —«tragando sapos»— actúan como obstáculos que bloquean su paso. Cuando este flujo se detiene de forma crónica, pierde su capacidad de movilizar la sangre y los fluidos. Esta combinación de energía frenada, líquidos espesados y sangre detenida termina transformando una tensión emocional invisible en una manifestación física real y sólida. Así, lo que se conoce como un bloqueo de Qi de Hígado nos invita a ver la enfermedad como el grito de un cuerpo que ha materializado aquello que el alma o el entorno no permitieron procesar ni liberar.
Esta perspectiva transforma nuestra idea de prevención en un acto de escucha activa y profunda: la acupuntura es una de las herramientas clave para liberar el estancamiento del Qi de Hígado, deshaciendo esos nudos energéticos y emocionales antes de que el cuerpo necesite materializarlos para hacerse oír. Pero liberar el bloqueo energético es solo una parte del camino. Para abordar las causas emocionales más profundas que lo generaron —los traumas no resueltos, los patrones heredados, las emociones cronificadas— existen otras herramientas terapéuticas igualmente valiosas y necesarias, como la psicoterapia, las terapias sistémicas como las constelaciones familiares, o cualquier práctica que nos ayude a hacer consciente lo que durante años estuvo silenciado. Al restaurar este libre flujo en todos sus niveles, no solo protegemos nuestra salud física, sino que aprendemos a gestionar las tensiones del entorno y nuestras propias sombras antes de que se vuelvan raíces.
La verdadera prevención es un compromiso integral: mientras trabajamos en liberar el estancamiento emocional, es vital no ignorar las herramientas tangibles que salvan vidas. La autoexploración consciente y el acceso a los recursos de detección precoz —como las revisiones periódicas y las mamografías— son los pilares físicos que sostienen nuestra salud.
Es, en esencia, mejor prevenir que curar… ¿os suena?
